Hace 36 años, Guatemala sufrió uno de los golpes más duros para nuestro pueblo. Más de 200 mil muertos en tres décadas de conflicto armado, que enlutaron no sólo hogares sino a toda esa nación centroamericana.
Las heridas son muy recientes y dolorosas, pero la reconciliación guatemalteca parece aún un largo proceso. Este gran desafío está en manos de la sociedad, su gobierno, el ejército y los antiguos guerrilleros.
La Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH) registró en total 42 mil 275 víctimas, incluyendo hombres, mujeres y niños. De ellas, 23 mil 671 corresponden a ejecuciones y seis mil 159 a víctimas de desaparición forzada. De las víctimas plenamente identificadas, 83 por ciento eran mayas y 17 por ciento ladinos.
A pesar de la creciente atención internacional a las violaciones de derechos humanos, el material de investigación sobre este tema tan actual es realmente limitado. Y el olvido de las violaciones a los derechos humanos que cometió el Ejército de Guatemala dirigidos en numerosos casos contra la sociedad civil.
De todos estos crímenes se derivaron después y durante largo tiempo una amplia serie de trágicas consecuencias en lo humano y lo social, seguidas de problemas jurídicos en cuanto a la impunidad, justicia territorial y así como graves secuelas físicas y psíquicas para las víctimas y sus familias, acompañadas de profundos odios y divisiones que han herido por largo tiempo a nuestro pueblo.
Ya demasiados años han transcurrido desde el conflicto armando y hasta ahora parece salir a la luz pequeños detalles que muestran el horror que vivió nuestra Guatemala, un horror que ha sido escondido por años, pero que por fin se está esclareciendo. Sabemos que es un proceso largo y que no debemos permitir que nuestras autoridades lo dejen en el olvido.
Todas las personas que fallecieron durante el conflicto armado como también los sobrevivientes a esta tragedia necesitan estar vivos en nuestros recuerdos.
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